Ficciones

Relato: «Un nuevo verano». Capítulo 4: El reencuentro.

No me llevo ninguna sorpresa. La Carmen que yo recordaba era segura de sí misma, pisaba fuerte allá donde iba a pesar de ser sólo una niña. La Carmen adulta que me muestra su perfil de Facebook tiene mucho que ver con esa joven inquieta: clases de baile, viajes, quedadas, salidas nocturnas, su eterna sonrisa. No parece tener que lidiar con ninguna prole. Verla tan guapa y tan feliz hace que me inunden sentimientos encontrados: alivio (al fin y al cabo, al aceptar mi solicitud, ¿me permite volver a entrar en su vida?); envidia, de tanta diversión como derrocha en sus fotografías; y vergüenza, mucha vergüenza. Me creí vencedora de aquella competición juvenil, y a la vista está que quien ha perdido he sido yo. He perdido la vida que me merecía por correr tras de un macarra que me deslumbró porque brillaba como un trofeo… hasta que me acerqué a él y descubrí sus sombras. Qué poco tardó en abandonarse y dejar de ser aquel adonis, dejando a la vez de prestarme las atenciones que al principio derrochó por mí. He perdido a mis padres, mis orígenes… no puedo dejar de pensar en que, a pesar de que llevo más años viviendo en Torre del Mar que en Madrid, es más lo que me une a ellos que a la gente que tengo alrededor. He perdido una probable carrera laboral, que con poco ya sería más decente que la que tengo ahora. Y he perdido la amistad más verdadera que he tenido en mi vida, por traicionar aquel pacto al dejarme llevar por cantos de sirena. O de pulpo, en este caso.

Carmen me ha dejado la puerta entreabierta y no pienso desaprovechar la oportunidad. Sin esperar su respuesta, envío otro mensaje, alabando lo bien que la han tratado los años, y proponiéndola vernos para recuperar el tiempo perdido. Espero que el rencor no la pese, y acceda.

 

La primera vez que sentí la amenaza de la soledad que tanto me ha acompañado en mis años posteriores, fue el día que Carmen me contó que sus padres ponían en venta su apartamento de veraneo para tratar de salvar su negocio de las deudas, y que por tanto, no volverían allí nunca más. A los 18, nuestro pensamiento era lineal e ilógico, y nosotras éramos unas adolescentes abonadas al dramatismo. Aquella decisión de los adultos era la sentencia que condenaba nuestra amistad. Nada volvería a ser lo mismo, y aunque llorábamos amargamente prometiéndonos escribirnos y llamarnos como si nos volviéramos a encontrar, ambas sabíamos que tendríamos muy difícil vernos. La base de nuestra complicidad eran los días compartidos entre playa, piscina y paseo marítimo: sin la esperanza de un verano más juntas, nada tendría sentido.

Para más inri comencé a sentir la ausencia de Carmen desde aquel mismo momento. Su familia la reclamaba a menudo para tareas que tenían que ver con el pretendido cierre a su etapa malagueña, y muchas tardes o noches ella se perdía nuestros encuentros. Yo me sentía rara sin tenerla al lado, aunque me rodearan los de siempre. Me faltaba algo.

Ahora comprendo cuál fue la estrategia de Javi. Supo ver mi debilidad y estuvo ahí para mí más que nunca. Al principio conseguí mantenerme en mi sitio. Recuerdo una noche de moraga en la que nos alejamos de la hoguera para sentarnos al borde del mar y contemplar la negrura. Yo parloteaba sin parar pensando que me atendía, pero solo estaba esperando el momento adecuado para besarme. Cuando lo hizo, me aparté ofendida: en mi cabeza, yo no había hecho nada para provocar aquello: seguía muy presente el pacto con Carmen. No entendía qué mosca le había picado, si para mí estaba claro que se estaba afianzando nuestra amistad. Me levanté de la arena y me refugié de nuevo en nuestro grupo de amigos, enfadada.

Pero huérfana de Carmen, yo me sentía muy indefensa. Estaba demasiado acostumbrada a contar con el apoyo de una mirada cómplice,  una compañía constante. No contaba, ni de lejos, con el don de gentes que caracterizaba a mi amiga. Tardé poco en perdonarle a Javi aquel desliz, sobre todo porque parecía que sólo él se había dado cuenta de lo incómoda que me sentía aquellos días, e insistía en mantenerse a mi lado. Me enseñó a montar en moto. Me llevó a comprar ropa. Me escuchaba pacientemente. Tejía su telaraña.

Cuando los quehaceres permitían a Carmen un poco de tiempo libre y podía disfrutar de ella, le ocultaba que la presencia de Javi en mi vida se había multiplicado. En parte, porque realmente no había pasado nada entre nosotros. Y por otro lado, porque temía su celosa reacción, recordándome nuestro pacto, y a mí me consolaba tenerle cerca.

La segunda vez que Javi me besó, fue en un alejado banco del paseo marítimo. Aquella iba a ser nuestra última noche de verano, puesto que los que vivíamos fuera partíamos a nuestras ciudades de origen al día siguiente, y el grupo se había dispersado para prepararse para la moraga que teníamos planeada en la playa, dejándonos solos. Mientras el sol se iba poniendo, yo reflexionaba en voz alta que nunca había deseado menos que llegara una fiesta. No era el fin del verano. Era el fin de una etapa que se acababa demasiado pronto para mí. No quería volverme a Madrid y alejarme de todo aquello. Entonces se acercó y, cogiéndome la cara con ambas manos, me besó. “No te vayas, Tamara. Nuestro verano no tiene por qué acabar”  me decía mientras yo le escuchaba, estupefacta. “Si te quedas te prometo que nunca te tendrás que despedir de la playa, ni de la diversión. Me he enamorado de ti y haré que no te falte nunca de nada. Quédate conmigo, Tamara”.

Aquella descabellada declaración de amor sepultó en parte la pena con la que estaba viviendo aquella jornada. Me dejé querer. Por supuesto, no tomaba en serio sus palabras, ¡pero qué bien sentaba aquello! Sus besos, sus abrazos y sus mimos me subieron a una nube de la que me tuve que bajar cuando comenzaron a llegar nuestros amigos. Había que guardar la compostura: Carmen había prometido acudir a la fiesta. Era, sobre todo, una despedida para ella. Pero pasaron las horas y no bajó.

Extrañada, volví a la urbanización para indagar dónde se encontraba. Su hermana me dijo que se estaba enferma y que no quería que la viera nadie. Me fui a mi casa con un mal presentimiento, ¿estaba evitándome mi amiga? La amargura de haber roto el pacto con Carmen me hacía sentirme muy culpable. Ojalá fueran imaginaciones mías. Al día siguiente, unos gritos me despertaron muy temprano. Cuando me asomé a la ventana de mi habitación, alcancé a ver cómo la familia de Carmen terminaba de acomodarse en su coche, dispuestos a partir. Eso no era lo previsto: siempre nos despedíamos después de comer. La grité a todo pulmón, era imposible que no me oyera. Pero Carmen no hizo ademán de volverse para mirarme. Se montó en el coche y se fueron.

Al principio el estupor no me dejaba decidir cómo sentirme con todo aquello. Aquella mañana Javi me recogió en su moto con ojos ilusionados, pero yo no paraba de darle vueltas al motivo de la actitud de Carmen. “No te preocupes, seguro que pronto tienes una carta suya. Mía, desde luego, vas a tener una. Una a la semana, hasta que te convenzas de que aquí, conmigo, vas a ser muy feliz”.

El resto es historia. Una triste historia, pero la mía, al fin y al cabo.

 

Carmen ha aceptado con un escueto mensaje que nos veamos en aquella heladería donde tantas tardes de verano pasamos charloteando. Que haya accedido a venir hasta aquí me hace una ilusión enorme. Pero no sé qué encontrarme. ¿Seguirá enfadada conmigo? ¿Aprovechará para echarme en cara las razones de su desaparición de mi vida? Sólo sé que si tengo que soportar una bronca lo haré, porque me la merezco. Ojalá le pesen más los buenos recuerdos, porque me hace mucha falta en mi vida.

Ahí está. Viene impecable, con sus taconazos y su vestido ceñido. Me acerco a ella titubeante, descifrando sus gestos, su rictus apretado. De repente un sollozo suyo desata el nudo de mi garganta y las lágrimas empiezan a brotar en mis ojos cuando nos abrazamos.

– ¡Cuánto te he echado de menos!

 

 

¿Quieres conocer el relato de la otra protagonista de esta historia, Carmen? Puedes leerlo aquí.

 

Éste es el desenlace de un relato dividido en cuatro capítulos. Si te perdiste los anteriores, puedes leerlos aquí:

Capítulo 1: Solas

Capítulo 2: El pacto

Capítulo 3: La realidad

2 Comments

  • Pilar

    Con tus relatos has echo que regrese a mis veranos adolescentes que sean cuales sean son inolvidables .
    Por una casualidad te he descubierto y me gustaría felicitarte por tus pequeñas historias
    Decirte que necesito más de Carmen y Tamara .
    Y pedirte un favor algún relato mas de Lo perdido. Por que me has dejado con la miel en los labios.
    ENHORABUENA .

    • Carmen Lerenda

      Gracias a ti por tu tiempo y tu cariño. Por personas como tu merece la pena sacarse de la cabeza las historias reflejándolas para compartirlas con los demás. Tamara y Carmen tienen ya vida propia, a lo mejor vuelven, ¿quién sabe? ¡Un besazo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.