Ficciones

El uniforme más feo del mundo

Cuando te conocí, yo llevaba puesto el uniforme más feo del mundo. Recuerdo sentirme ridícula al notar que tus ojos me examinaban. Cómo iba a saber entonces que ya estabas leyendo mi alma.

Cuando te despediste y saliste de aquel local pronuncié en voz alta la promesa que tardaría en cumplir muchos años.

Recuerdo morir un poquito cuando viniste ante mí con aquella novia que tenías, de la que ya nadie se acuerda pero a la que tanto debemos. Si no fuera por ella, tú ahora serías para mí una bonita anécdota y yo una más de tu lista. Sin embargo, sigues en mi vida dándome lo que mejor tienes: tu incondicionalidad.

A veces parece que aún vivamos los dos en aquella ciudad que tanto pateamos juntos. O de la que escapábamos en mi destartalado coche, porque fuiste el primer insensato valiente que se atrevió a montarse conmigo. Yo estaba muerta de miedo pero aún no tenía el coraje de admitírtelo. Lo que fuera para sorprenderte.

Pasaron meses en los que nos acostumbramos a las preguntas de los otros. A sus bromas y a su incredulidad. Hasta que se cansaron de oír la misma versión una y otra vez. Meses de helados de invierno y camiones que caen a lagos artificiales desde helicópteros. De billares con Coronita en la mano y bolos con hamburguesas.

 

 

No sé si te he confesado alguna vez lo mucho que tarde en contarte que me había enamorado y no era de ti. Tú ya no tenías aquella novia y yo ya tenía claro cuál sería la manera de que te mantuvieras en mi vida. Temí que aquello cambiara todo. Cuánto me equivocaba.

Fueron años de justificarnos una y otra vez ante nuestras parejas, que nada entendían. Ni falta que hacía.

A mi lado estuviste hasta cuando te pedí que te alejaras. Luego recuperamos todo el tiempo perdido.

He visto tu lado más frágil y me he sentido paralizada a la vez que privilegiada. No sé si estuve a la altura como para devolverte todo lo que me habías dado hasta ese momento, pero lo intenté con todas mis fuerzas.

En la misma semana vivimos los mismos finales y paradójicamente comenzó una temporada intensa, que me alegro de aprovechar porque iba a ser la última viviendo en el mismo lugar. Cuando te fuiste, Madrid se quedó tan vacío que no tuve más remedio que abandonarlo yo también.

Han sido muchos años maldiciendo el mar que nos separaba pero haciendo que pareciera que no existía. Gracias al paraíso confirmamos que somos nuestras constantes y aún hoy que estamos a pocos kilómetros mantenemos el deseo de estar más cerca aún, si cabe.

Lo que somos está tatuado en tu piel y en mi memoria. Recuerdos en forma de números romanos y de historias que no se pueden compartir de puro buenas.

Eres mi sensatez y mi empujón a la locura. El que enriquece mi vida al simplificarla.

Un aquí y ahora para siempre.

 

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