Reflexiones

Nos han engañado

Nos han tenido engañadas todo este tiempo. Nos han vendido que la felicidad es el final de un camino unidireccional, y que la manera de alcanzarla es la misma para todas. Se han olvidado de contarnos que hay felicidad en un viaje con amigas, en escribir, en bailar a brincos o en comerse un helado.

 

 

Hemos crecido escuchando que nos realizaríamos como personas yendo a la universidad y consiguiendo rápido un trabajo fijo con horario de 9h a 17h. 

Que hay que estar en perfecto estado de revista: cejas, uñas, pelo y ropa adecuada para cada ocasión. Que hay que invertir tiempo y dinero en nuestra apariencia. Que estar guapas nos debe preocupar.

 

 

Que alcanzaríamos el nirvana al dar a luz a otro ser humano, ya que no hay mayor logro al que podamos aspirar.

Que hay que evitar estar sola. Que emparejarse es el objetivo. Que las rupturas son fracasos.

Se nos ha repetido hasta la saciedad  que  necesitamos cada vez más cosas: un coche, un portátil, un móvil, un reloj que haga lo mismo que el móvil… pero la realidad es que vale más acumular experiencias que trastos.

 

 

Si nos concedieran un último día de reflexión antes de partir de este mundo, no creo que lo dedicáramos a quejarnos por no haber conseguido comprar tal o cual bolso, por haber estado tantos días con la manicura sin hacer o por no habernos echado más crema anticelulítica. Es más, no creo que nadie lamentara no haber ganado más dinero, para dejarlo atrás tras su marcha. Y si alguien lo hace, es que no ha aprendido nada en sus años a este lado del arcoiris.

 

 

Más bien nos acordaríamos de aquella noche que salimos en zapatillas y con un moño, y que se convirtió en épica. O en aquellos ratos de confidencias y carcajadas con nuestras amigas. En aquellos retos que se nos antojaron imposibles y conseguimos solitas.

 

 

Seguro que haríamos inventario de las puestas de sol que hemos visto, y nos recrearíamos saboreando de nuevo de los besos que nos pusieron la piel de gallina. No perderíamos el tiempo en recordar los capítulos más destacados de nuestras series favoritas, pero sí rememoraríamos nuestras más locas aventuras. No reviviríamos ni una sola de las tardes y noches que nos quedamos viendo la tele en el sofá de nuestra casa, pero sí aquellas otras que vencimos a la pereza y resultaron ser increíbles.

 

 

Nos enorgullecería más aquello que nos atrevimos a hacer que las ocasiones en las que nos mantuvimos prudentes y cautas. De valientes está el cementerio lleno, dicen. De valientes felices, añado yo. Seguro que nos sorprenderíamos rogando pasar más tiempo con esas personas que aparecieron por casualidad en nuestras vidas y nos han provocado mil emociones.

 

Nuestra felicidad no debe ser teledirigida. No se compra con nada y el miedo y la rutina son el veneno que la mata. Que no nos engañen.

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