Reflexiones

No, no quiero que me toque la lotería (y no estoy loca)

Cuando me atrevo a afirmar que no sueño con lo que todos sueñan, esto es, una lluvia de millones que me permita jubilarme a mis treintaytantos y retirarme a vivir a un país del Caribe del que solo saldría en mi yate de tres pisos, la gente me mira raro. Y lo entiendo.

 

 

Pero es que soy de las que profundizan en los pros y contras de hasta las ensoñaciones tan improbables como ésta. Es lo que tiene ser tan jodidamente racional, que una desea con responsabilidad.

Me da a mí que el hecho de que te caiga una lluvia de millones del cielo sólo me daría alegría unas horas. Para empezar, los directores de las oficinas bancarias olerían mi nueva fortuna cual tiburón huele a presa y me acosarían con promesas de todo tipo para captarte como cliente de su entidad. ¿Dónde estabais cuando os supliqué que me regalarais una tele por domiciliar mi raquítica nómina, eh, eh?

 

Para continuar, creo que comenzaría con la paranoia de que me roben el décimo, que me desvalijen la casa o me atraquen por la calle. Si he salido en la tele descorchando una botella de cava en la puerta de una administración de lotería, debo ser un objetivo para los cacos, ya por definición. Por dios, ¡si hasta dejé de mandar las etiquetas de Nescafé porque me dio por pensar que si ganaba el famoso “sueldo para toda la vida” me perseguirían para atropellarme!

Y luego estaría la toma de decisiones, ¿qué hacer con tanto dinero? Por supuesto, como en cada momento vital, todo el mundo a mi alrededor opinaría. Y pediría. Cómo explicar que preferiría montar un refugio con calefacción para gatos callejeros que regalarte un coche, chaval… Además, me saldrían amigos interesados hasta debajo de las piedras, y yo soy rancia de nacimiento.

 

La idea de visitar países exóticos sí me llama la atención, pero no tanto como para quedarme. Con lo bien que se come en España…

Por eso no juego a la quiniela, ni a la primitiva ni al euromillón. Lo de compartir un décimo en la lotería de navidad lo hago por tradición  a mantener con mi santa madre y no darla un disgusto. Y también porque sé que aunque me toque la mitad del primer premio, con la cantidad que supone, mi vida no cambiaría. Así me aseguro seguir cómo estoy: pobre y tranquila.

 

Artículo publicado originalmente en Weloversize

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