Ficciones

La última mirada

Ella dirigía su mirada al horizonte y él la miraba a ella. A lo lejos, sobre la lámina de mar, el sol teñía de dorado cada ola.

 

Él apreció sus ojillos, entrecerrados. Admiró cada una de las pecas de su respingona nariz, y se dio cuenta de que respiraba profundo, casi a suspiros. Tenía las mejillas enrojecidas por la quemazón de un día de playa, y algo de legaña en el abanico de sus ojos. Parecía querer captar la escena en toda su inmensidad. Sabía que aunque la viera, ella no estaba realmente a su lado: estaba muy lejos, en ese lugar de la mente que reserva para habitarse sola, y desde donde saldría fuerte, alegre, y sobre todo más sabia.

 

Algo celoso de la intimidad de su compañera de escena, acercó su silla y tomó su huesuda mano.

Ha sido una gran idea este viaje en caravana – ella le habló, aún ensimismada.

– Ha merecido la pena, aunque solo sea por este momento – él quería abrazarla, quería sentirla, rescatarla de allá donde ella estuviera.

 

El sol desapareció en aquel instante y él esperó un minuto antes de hacer un nuevo intento de devolverla a la realidad.

– Tenemos que recoger y salir. Si no, no llegaremos al hospital mañana a la hora prevista.

Se levantó y plegó su silla. Pero ella no se movía. Seguía siendo la estatua que contemplaba el atardecer, solo que con un halo de miedo en sus facciones.

 

– Puede que sea la última vez que vea algo tan bello… – susurró, frágil.

– Ey… – él se arrodillo hasta ponerse a su altura, y tomó su cara entre sus manos – la operación va a salir bien.

– ¿Y si no? –  ella apartó la vista del mar y fijó sus ojos, translúcidos, blanquecinos, torpemente en los de él.

– Y si no, yo estaré a tu lado, llevándote a más atardeceres para que los sientas mientras yo te describo todos los colores que tiene el cielo.

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